Soy de la ciudad
Caminando por el centro me doy cuenta que ya no la amo como antes, algo ha cambiado en mí,
quizá solo crecí
Los ruidos se volvieron más intensos:
las puertas de los colectivos al cerrarse,
los autos al pasar,
el rugido de las ambulancias.
Después están las caras, enojadas, tristes y apagadas, parece lejana toda huella de esperanza
También están las otras, las invisibles, las que no se ven pero se sienten, como testimonio de la cruel miseria de estos tiempos
No, ya no me gusta la ciudad, al menos no a la Rosario que la habita hoy. Aunque no me sorprendería volver a enamorarme de sus luces algún día
Ahora solo quiero marcharme.
El tiempo pasa, aunque todo parezca igual.
El sol cae distinto,
las hojas empiezan a cambiar,
el aire se vuelve más frío.
Y algo en mí también cambia.
En mi pecho crece el deseo de emprender viajes, sin rumbo, sin tiempos
Me visualizo escribiendo en algún lugar solitario,
con arboles que me abrazan
Allí, el único ruido que escucho es el cantar de las aves, y huele fresco, a hojas, a tierra
Me veo también cerca de la playa, caminando por las orilla cualquier madrugada,
puedo sentir el frío de la arena mojada bajo mis pies,
el agua que se quiere acercar, pero se aleja
Imagino risas
Personas livianas, abiertas,
a quienes la vida no les haya robado nada
Cambiaría el acceso a todo por un poco de silencio.
La inmediatez por la calma.
La promesa de éxito por un poco de paz.
Te escribe mi corazón:
el que empezó a caminar con gesto amargo sin darse cuenta,
el que dejó de bailar por falta de tiempo y energía,
el que casi cambia el amor por caprichos de multimedia.
Y aun así, soy quien soy.
Y mientras esté inmersa en esta arquitectónicamente perfecta ciudad
voy a aprender a quedarme.
A amar.
A tener paciencia.
