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Relatos1 de Junio, 2026

La princesa guerrera

Soy una princesa, como Xena

Las armas están dentro mío. No peleo con escudo y espada, pero por dentro mi pecho aloja su fuerza.

Noto cómo la vida cada vez toma un nuevo sentido.

En este escenario, dudo si se trata de una historia ya escrita o si tal vez es una que voy escribiendo.

Soy una princesa en medio de una guerra y he tenido mis batallas.

Las primeras las pelearon por mí, mis ángeles, mientras me preparaban para las siguientes.

Las primeras que enfrenté yo fueron endureciendo mi pecho.

Me he parado firme y he mirado a los ojos del dragón.

Al verlo escupir fuego, lloré desconsolada una y otra vez.

Y, como si no recordara aquella situación, las veces que volvió, más cruel y más grande, me volví a parar frente a él y lo miré a los ojos.

Me quemó en su hoguera.

Entonces sentí mi armadura agrietarse, mi pecho implosionar.

Sentí una bola en la garganta y gárgaras que no terminaron jamás en vómito, pero se sintió tan asqueroso como si hubiera pasado.

Me puse negra.

Después chiquitita.

Y luego me desvanecí.

Esa fue una batalla perdida.

Aparecieron nuevamente mis ángeles, encarnados en risas enormes y ojos achinados, en abrazos cálidos, en hombros fuertes, y lograron ponerme nuevamente de pie.

¿O yo logré ponerme nuevamente de pie?

Lista para la próxima batalla, recordé que el dragón era fuerte y me estremecí.

¿Sería capaz de enfrentarlo y mirarlo a los ojos de nuevo?

Recordé su silueta y sentí la urgencia de esconderme.

Recordé el dolor de su candela y sentí un amargo dulzor en el paladar.

No sabía qué hacer.

No sabía cómo iba a reaccionar.

Sí sabía que habría una nueva batalla y que, estuviera preparada o no, vendría a por mí.

O quizá yo, en mi afán de cruzar la montaña, iría hacia ella.

Y así fue.

De nuevo en el campo de batalla.

Me acerqué cuidadosamente a la peste, levanté la cabeza y atravesé sus pupilas.

Entonces abrió la boca.

El maldito me reclamó por qué yo ya no le temía.

Y me preguntó quién era yo ahora.

Yo no pude responder.

No sé responder.

Solo le hice una mueca.

Fue algo así como un guiño de ojo, pero todavía no soy tan canchera.

Fue una mueca con las cejas.

Le quería decir que no me iba a disculpar por sanar con sal o diésel mis heridas.

Subí un poco más.

La montaña es alta y la guerra es larga.

Hay muchas cosas que no sé ahora.

Cuando aparece en mí seguridad, paradójicamente pierdo algunas certezas.

Solo le pido, solo pido, que no se me endurezca el corazón.

Porque, si eso sucediera, para mí esta lucha no habrá tenido sentido.