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Relatos29 de Julio, 2026

Hay un cuento

Un día, me recuerdo corriendo entre los guayabos, cortando caña, bañándome en la quebrada.

Una niña que todavía no entendía la nada. Pero se aproximó un duende malvado. No pensé que había que temerle y quise ser su amiga. Él sacó del bolsillo una jeringa. Su contenido vertía líquidos: el miedo, la pérdida, el valor sobre mí que refería solo a mi cuerpo; contenía secretos.

Me insertó la primera, y la segunda... Lo hizo durante muchos años.

Era un veneno poderoso que solo tenía efecto con el tiempo y la constancia. Qué difícil identificarlo así.

Algunos años después, lejos del monte, en alguna ciudad, yo caminaba por las calles con una falda larga y rosada. Saltando de una senda a otra, cantaba canciones de amor y aventura. Pero el duende seguía acompañándome. Siempre estuvo ahí, incluso cuando realmente no estuvo.

Los viajes continuaron. De repente, un día, me encontraba frente a Mariana. Ella me preguntó algunas cosas. Yo le conté todo. También le conté del duende y de lo que había estado haciendo. Mientras hablaba de él me reía ampliamente.

De a poco ella se fue convirtiendo en un camaleón. Ya no entendía qué pasaba a mi alrededor y empecé a llorar muy fuerte.

Esta vez, pronunciando las mismas palabras, los mismos nombres, yo sentía ganas de romper todo, de destrozarle el escritorio.

Las vueltas a casa se hicieron sensibles y llorosas. Los pedidos para no ver más a Mariana se hicieron recurrentes. Hablamos de lo mismo durante muchos años. Un día, el duende se fue sin avisar.

Entre queja y llanto pensé que no había nada que hacer con el veneno que había dejado. Una vez más estaba equivocada. La experiencia me había demostrado que no podía anticiparme a todo. Entonces abrí los ojos muy grandes y, por primera vez, pude ver todo cuanto había en mí... Y sí, es como pensás: no supe qué hacer con eso.

Pero volvamos, porque no termina ahí

Desde entonces sueño con caminos, con objetos que se pierden, con búsquedas que no terminan, con personas que quiero pero no me reconocen. Sueño con fiestas en las que bailo abiertamente, pero no logro sentirme.

Hace algunos meses, valientemente, encontré el camino que me lleva al antídoto. Está custodiado por un enorme dragón. Parece que voy consiguiendo el remedio, pero en milimétricas dosis. Yo lo quiero todo ahora. Además, a veces parece no funcionar del todo.

De pronto me surge la brillante idea de que está bien así. Creo que no podría aguantar el pote entero.

El duende hizo un trabajo minucioso y constante. Tal vez el remedio deba ser aplicado de igual manera.