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Relatos26 de Mayo, 2026

Ansiedad

Mi vieja enemiga. La reconozco cuando está por asomarse, cuando todavía no está, pero voy sintiendo el peso de su presencia; peso que, de a poco, se va volviendo agitación.

Se posa sobre mi ser y en pensamientos que no son nada, o son demasiados a la vez...

Es querer comer un pollo de Kentucky a las 5 pm. Es querer estudiar, pero hacerlo nerviosa. Es querer ir a correr, pero a la vez apagar la luz y no levantarte durante todo el día. Es querer dormir y no poder. Es scrollear en Instagram sin sentido ni gusto. Es querer cantar a los gritos y, a la vez, no tener la fuerza en la voz.

Es sentir que por dentro estás corriendo a toda velocidad por una habitación; que no te detienen ni el techo ni las paredes porque caminas sobre ellas y así das vueltas en círculos. O cerrar los ojos e imaginarte que estás en una habitación blanca con un chaleco de fuerza; imaginar esa situación, ese alivio que luego, al abrir los ojos, se esfuma.

Luego me calmo. En ese momento de luz miro a mi alrededor y me doy cuenta de que no está pasando nada. Pero, de pronto, encuentro ese algo o ese alguien que no ha sido del todo claro, esa respuesta que no ha llegado... y listo, ahora hay razón para sentir esa maldita ansiedad. Entonces vuelve a encarnarse y vuelvo a desesperar. Sentir mi cuerpo como si le hubieras introducido por la fuerza tres malditas tazas de café.

Le puse cuerpo y piel a la ansiedad. Ahora es más real aún.

Me pregunté: ¿a todos nos pasa? ¿A todos les pesa?

También yo he sucumbido a la tentación. He comprado más comida de la que puedo comer y me he atragantado con ella como si la deseara más que a mi vida. También he abierto esas páginas para adultos que, al final, solo dejan el vacío más grande. También he dejado que los sobrepensamientos se apoderen de mí y, cuando Lau me escribió, he buscado pelearnos.

Nada de eso funciona. Es como si la ansiedad tuviera una boca tan grande; se alimentara de todas esas acciones asquerosas y creciera con ellas. Porque sí, luego de caer en ciertas tentaciones la siento más grande.

Hace algunas horas tuve la lucidez de pensarme diferente, como alguien que la próxima vez que tenga de frente a la ansiedad solo la mirará, sabrá quién es, pero también sabrá que no es tan jodida ni para siempre.

Que no se va a ir ya, que se quedará unas largas horas, pero que su oscuro y profundo vacío no me hará daño.

Entonces solo me daré un baño de agua fría, tomaré un té de boldo o quizá tilo, estaré en silencio el tiempo que pueda. Tal vez iré a correr. Tal vez cancele todas mis citas y me quede en casa, no a sufrir, sino a escribir o, si puedo, dormir.

La próxima voy a dejarla estar donde quiera estar, y yo también lo estaré.